I

Voy a contarles sobre la persona más interesante que he conocido. A finales del 2004 renté un pequeño departamento en Avenida Chapultepec, casi a la altura de Sonora; era un edificio angosto de seis pisos con dos departamentos por piso. Mi departamento, como los demás, era de dimensiones infinitesimales, una cajita de zapatos con un brevísimo espacio para la sala y comedor una cocina de juguete y un cuartito que con el viejo colchón individual que le compré a un amigo por trescientos cincuenta pesos, apenas dejaba espacio para caminar alrededor hacia el baño. Un elemento que me pareció un lujo de aquella cajita de zapatos fue que contaba con un pequeño balcón que daba hacia la avenida y tenía una vista envidiable del Castillo de Chapultepec. Con quien hice todo el trato fue con doña Teresita, una señora menuda de unos sesenta años que me explicó que ella le ayudaba al dueño del edificio a enseñar los departamentos, con el proceso de renta y con algunas actividades administrativas. Ella misma era inquilina de uno de los departamentos del primer piso, “me cambié a ese departamento después del ochenta y cinco, ya no quería vivir en pisos altos” me dijo. El departamento que renté era uno del piso seis y doña Teresita me explicó que en el departamento frente al mío vivía el dueño del edificio, por lo que más me valdría no hacer mucho ruido y que además no estaban permitidas las fiestas, “en este edificio vivimos casi puras gentes grandes o familias”.

La primera vez que vi a don Alberto fue porque él mismo tocó a mi puerta para presentarse, al abrir me encontré con un viejecito delgado, más bajo que yo, con aparatos para la sordera en los dos oídos y unos enormes lentes de casco de botella que lo hacían ver caricaturesco. Había también algo peculiar en su forma de hablar ya que de repente se le asomaba un acento que junto con su semblante rubicundo y ojos azules lo acusaban inmediatamente como extranjero. Saltó a mi vista la formalidad del viejo, característica que distinguía a don Alberto en todos los aspectos de sus maneras y formas. Siempre vería uno al señor con traje de tres piezas –de los que tenía muchos– un sombrero tipo fedora o una boina –de los cuales tenía gran variedad–, su bastón que parecía más accesorio de estilo que el soporte de un anciano y zapatos negros o cafés siempre bien lustrados. Nunca llegaría uno a verlo en fachas, sus elegantes vestimentas eran su sello junto con su forma elocuente y formal de hablar. Don Alberto se dirigía a uno con tono cordial y con un respeto que exigía respeto de vuelta, así hablara con algún académico importante o con una muchachita vendiendo mazapanes en la esquina, sus formas eran siempre las mismas; además claro de sus modales de caballero que lo hacían parecer galante aunque yo sé que en realidad sólo quería ser amable: quitarse el sombrero al saludar a las mujeres, levantarse de la mesa cuando una se ponía de pie, abrirles las puertas, caminar en la banqueta del lado de los autos “especialmente cuando vayas caminando con una muchacha Jorgito, si no parece que la estás regalando”, ceder el paso, dar los buenos días a quien se cruzara por las banquetas, por favor y gracias para todo, me tocó incluso verlo ofrecerse a cargarle las bolsas del mandado a señoras de la mitad de su edad al verlas en la calle y no es necesario aclarar que cederle su asiento a cualquier mujer o niño en cualquier situación era su costumbre. Era don Alberto pues, una joya andante, la representación de esos valores de gallardía, elegancia, integridad y caballerosidad extremos de los galanes del cine de oro; y todo esto no lo sabía yo ese día que llegó a tocar a mi puerta para presentarse pero tras unos minutos pude intuirlo. Me dijo que era el propietario del edificio, que ya había arreglado todo con doña Teresita, quien le había contado que ayer me había cambiado y quería venir a ponerse a mis órdenes para lo que necesitara, “…en primer lugar como propietario del edificio y su casero, y en segundo lugar, pero no por eso menos importante, como su vecino y amigo. Es importante que los vecinos nos conozcamos y estemos siempre dispuestos a darnos la mano, si no esta ciudad de crápula nos traga enteritos a todos. Tenga usted por seguro que puede contar conmigo”. No dejó de hablarme de “usted” hasta que un día me dijo “Jorgito, ¿no será mucha confianza si lo tuteo? es que siento que ya empezamos a ser amigos”.

Nació en el año de 1933, “hijo del Maximato” decía él. A don Alberto no le gustaba hablar demasiado de si mismo, le parecía de poca educación, sin embargo de entre los datos que disparaba aleatoriamente en nuestras conversaciones y preguntas directas que le solté una que otra vez logré construirme más o menos una idea de su vida. Lo primero interesante es que se autonombrara “hijo del Maximato” cuando ni siquiera nació en México, es más, su verdadero nombre ni siquiera era Alberto, se llamaba Albrecht von Österreich y nació en la ciudad austriaca de Viena. De las peripecias de él y su familia durante la Segunda Guerra Mundial es de lo que menos pude sacarle información y del tema que, quizá por morbo, más quería que me platicara; lo que sé es que aparentemente al estallar la guerra su numerosa familia se dividió, una parte que lo incluía a él terminó en España, otra parte de la familia migró a México y unos más, de los que jamás hablaba, sospecho que fueron Nazis. A los 32 años de edad el joven Albrecht viajó junto con su esposa Anna a México, donde se cambiaría el nombre –de manera informal– a Alberto “que era más fácil para los mexicanos” contaba y también bromeaba “para Anna fue más fácil porque ella nomás se tuvo que quitar una ene”. La razón del viaje fue que un tío del lado de la familia que vino al país durante la guerra le había pedido a Albrecht, ahora Alberto, que le ayudara a administrar una próspera empresa de calzado que había fundado ya que la edad le hacía cada vez más difíciles sus labores. Con la promesa de mejorar su posición económica y encargarse de una próspera empresa la pareja decidió lanzarse a la aventura y venir a un país que prometía ser exótico y bello. Contaba don Alberto que en cuanto puso el primer pie en la Ciudad de México quedó enamorado, “Anna tu serás siempre mi esposa y te amo pero esta ciudad será siempre mi amante”. Cabe aquí abrir un paréntesis para señalar un aspecto peculiar de este hombre extranjero, don Alberto era más mexicano que la mayoría de los mexicanos, enamoradísimo del arte popular y el folclor en todas sus expresiones, conocedor de las distintas expresiones artesanales de cada región del país así como de la gastronomía original de cada lugar e incluso de los trajes típicos, danzas, fiestas y costumbres. Hablaba siempre de México como si fuera el paraíso en la tierra, el mejor lugar del mundo “México no le pide nada a Europa Jorgito, qué empeño tienes con conocer allá cuando todavía no conoces bien aquí. Te lo digo, si conoces bien México y luego vas a conocer Europa te vas a llevar una decepción”. Yo entreveía un asomo de amargura en sus ojos vidriosos tras los enormes lentes de casco de botella, recordando quizá el horror de la guerra del que no sé que tan cerca estuvo y del que nunca llegó a hablar. En fin, tras encargarse por algunos años de la empresa del tío terminó por heredarla a la muerte de aquel y cuando parecía que se encaminaba a un seguro éxito empresarial la vida le empezó a dar reveses. Primero la empresa comenzó a tener problemas financieros derivados, dice don Alberto, de que no supieron cambiar con la velocidad que cambiaba en ese tiempo la moda y a –se culpaba de esto– su poca habilidad para negociar con los deudores y proveedores. Tras el fracaso de aquella empresa junto con su esposa emprendió algunos pequeños negocios: una papelería, una miscelánea y una tienda de zapatos y cinturones en el centro que había puesto gracias a la buena relación que guardó con un colega de la industria del calzado que le enviaba las mercancías desde León. Apenas comenzaban a tener algo de estabilidad cuando la vida le tenía otro revés reservado a la pareja, Anna enfermó de cáncer y tras dos años que debieron ser durísimos para don Alberto su mujer falleció en 1983. “Lo único que me da consuelo” decía “es que a Anita no le tocó ver cuando la ciudad se cayó [en el terremoto del 85], eso la hubiera impresionado mucho, ella también quería mucho a esta ciudad, y ver toda la tragedia, no no no eso no lo hubiera aguantado. Era muy sensible, un alma de dios Jorgito ojalá la hubieras podido conocer…”. Lo que sí pude conocer de la difunta esposa de don Alberto fueron sus múltiples retratos, fotografías viejas donde se le podía ver siempre seria, de una belleza elegante, semblante solemne como si fuera una princesa o una reina, cara un poco redonda, cuerpo esbelto, una gran cabellera castaña que hacía contraste perfecto con su blanca tez. Sin duda fue una mujer hermosa, debió llamar mucho la atención, “Si hubieras visto las miradas de pistola que me echaban los otros señores cuando íbamos al teatro, al cine o a conciertos, pura envidia Jorgito, mira vela en esta foto, ¿puedes creer que esta belleza decidió someterse a mi fealdad durante treinta años? Recién los habíamos cumplido cuando se me fue. Ay mi Anita de veras que era chula, perdóname lo vulgar Jorgito, esto no se menciona entre caballeros pero mi mujer tenía unas piernas infinitas…”, se le cortaba la voz, los ojos vidriosos tras los lentes se perdían en recuerdos, me daba muchísima tristeza verlo así. Yo trataba de cambiar el tema, había descubierto la estrategia perfecta, preguntándole sobre cosas del pasado, cómo eran los autos, cómo eran las tiendas, cómo era diferente ésta o aquella calle que cambiaron cuando hicieron los ejes viales. Bueno, el resumen es que dedicado a cuidar a su esposa enferma don Alberto descuidó sus negocios y terminaron por cerrar sus puertas. Nunca me dio muchos detalles sobre lo que hizo después pero siempre entendí que con el dinero que le quedó compró el edificio en el que vivíamos y subsistía cobrando las rentas de los departamentos.

II

Ver el castillo desde su balcón parecía ser el mayor deleite de don Alberto, yo imaginé que había elegido precisamente comprar ese edificio para tener siempre a la vista el bosque y el castillo. Parecía estar obsesionado con él. Pensé que quizá era una simple manifestación de una obsesión más general con la historia. La primera vez que el viejo me invitó a su departamento “a tomar un cafecito” sentí que había entrado en una librería de viejo de esas de Donceles, todo el departamento estaba saturado a más no poder de libros. Dos paredes estaban destinadas a ser libreros –totalmente llenos– con grandes repisas que había mandado colocar y que llegaban hasta el techo, pero los libros no se limitaban a las repisas, estaban en todos lados, en las mesas, en los brazos de los sillones, en los rincones del piso. Libros y libros por todos lados, ¡hasta en la cocina!. El rico olor de papel viejo inundaba el departamento y añadía al aspecto lúgubre que tenía, como de museo o de tienda de antigüedades. Al inspeccionar con cuidado se podía uno encontrar varias lupas regadas por aquí y por allá, retratos de doña Anna sobre pilas de libros, fotografías viejas, pequeñas piezas prehispánicas que siempre asumí eran originales –no réplicas–, máscaras tradicionales, figurillas artesanales de barro y madera, viejas postales, pequeños artefactos de otras épocas y más libros por todos lados.

Le gustaba tomarse un café sentado en un banquito en el balcón –porque el estrecho espacio no permitía colocar sillas– viendo el castillo con el cielo multicolor del atardecer de fondo. “Hubo un tiempo en que la gente señalaba el castillo y decía, `Ahí vive el presidente pero el que manda vive enfrente´” me dijo y volteó para esperar alguna respuesta de mi parte, ante mi cara de bobo prosiguió, “se referían desde luego a Plutarco Elias Calles que tenía su casa en la colonia Anzures”. Así de la nada disparaba todo el tiempo datos y anécdotas históricas, en ocasiones –debido a mi ignorancia de la historia en aquellos días– no sabía si lo que me estaba contando era algo que le había tocado presenciar a él o algo que había leído en sus muchísimos libros de historia. Ese tema precisamente, la historia, era su mayor obsesión, su pasión y su deleite. Relataba las batallas, las guerras y las revoluciones con increíble lujo de detalle, como si él hubiera estado en el frente presenciando los espadazos, los cañonazos o los disparos. Conocía de perfecta memoria los nombres de los personajes, los lugares, hasta la descripción orográfica de los escenarios donde se vivieron todo tipo de eventos históricos. Me podía pasar horas escuchando todos sus relatos con la taza de café sentados en banquitos en el balcón con la vista perdida en el castillo. En ocasiones se paraba y me guiaba hasta alguno de sus libros para mostrarme mapas, retratos o fotografías sobre el evento que me estaba platicando. Tenía cuatro tomos enormes de Casasola donde me enseñaba una innumerable cantidad de fotos de la Revolución Mexicana. Entre sus obras más preciadas tenía la primer edición de los diez tomos de “Historia moderna de México” de Daniel Cosío Villegas, de hecho tenía toda una repisa reservada para primeras ediciones entre las que tenía “El Laberinto de la Soledad” de Octavio Paz autografiada. Don Alberto recordada con sorprendente precisión cuándo, dónde y cómo adquirió cada uno de sus libros; algunos en librerías comunes y corrientes, otros en ferias de libros y muchos más en tiendas de libros viejos. El conocimiento –la adquisición y conservación del mismo– parecía ser el motor que mantenía a ese viejo activo y lúcido.

Casi todos los días la rutina de don Alberto era más o menos la misma, lo sé porque lo acompañé en más de una ocasión. Empezaba su mañana temprano con una caminata hacia el Castillo de Chapultepec al cuál a veces subía, “ya me conocen por eso no me cobran la entrada”, a veces subía lentamente por la enorme rampa que rodea el cerro y “a veces se apiadan de mí y me suben en un carrito” me dijo. Cuando llegué a visitar el castillo con don Alberto, en una que otra ocasión, comprobé su obsesión por el lugar. Recuerdo bien la primera vez que lo acompañé en una de esas visitas, se quedó largo rato admirando un enorme retrato de Maximiliano de Habsburgo, totalmente absorbido en su contemplación. “Jaja ¿es como si se estuviera viendo en un espejo no?” me dijo uno de los guardias del museo que se acerco por atrás mientras yo a unos metros de distancia veía el embelesamiento de don Alberto con el retrato de Maximiliano. “Siempre viene ese señor y a mí se me figura que se parece mucho al cuadro” continuó el guardia. No lo había pensado pero siendo más joven y con una barba dorada efectivamente don Alberto podría pasar por Maximiliano, a lo mejor era la genética de los austriacos pensé. Imaginé que el viejo veía al hombre del retrato como un especie de ancestro, un hombre de su misma patria que vino a México hace muchos años como él. Sin darle más importancia me separé un poco para seguir admirando los objetos del museo cuando algo me dejó helado, era un retrato de Carlota de Bélgica, la esposa de Maximiliano. Lo que me impresionó es que estaba viendo el vivo retrato de doña Anna la difunta esposa de don Alberto en el rostro de Carlota. El parecido era impresionante, la pareja de Alberto y Anna parecían ser réplicas exactas de Maximiliano y Carlota. ¿Vendría de ahí la nostalgia de don Alberto por el retrato, por el castillo, por la historia del segundo imperio que parecía ser su episodio histórico favorito?. Quizá un especie de identificación sentía con aquella pareja del pasado. Imaginé que posiblemente sería similar si yo fuera un viejo mexicano viviendo en Francia y sintiera nostalgia por visitar la tumba de Porfirio Díaz. Seguí el recorrido con don Alberto por el castillo mientras me iba explicando con lujo de detalle todo, desde los acontecimientos históricos hasta detalles muy específicos sobre como era la vida en el castillo que parecía haber recogido de testimonios de la época pero que narraba como si él hubiera vivido ahí. En ocasiones don Alberto no subía al castillo y se limitaba a dar un paseo corto por el Bosque de Chapultepec y continuaba con la rutina normal. Iba siempre al mismo puesto de revistas donde religiosamente le tenían reservados sus periódicos del día, una copia de El Excélsior y una copia de El País. Con los periódicos bajo el brazo caminaba hacia un cafecito en la calle de Cozumel donde ya lo conocían y le servían su café y una pieza de pan. Se devoraba los periódicos y regresaba a su departamento para descansar. Ya en la tarde salía a caminar un rato por la colonia Roma, se quedaba viendo los edificios viejos como imaginando las muchas vidas que tuvieron lugar ahí. A veces en lugar de salir a caminar se quedaba a tomarse un café en el balcón donde muchas tardes lo acompañé mientras me relataba toda clase de cosas que sabía de historia. En algunos días le gustaba ir a pasear a otros lados, por ejemplo le gustaba mucho ir al centro histórico, a donde lo acompañé también en algunas ocasiones. Para estas excursiones más lejanas don Alberto contaba con un chofer de taxi que ya conocía desde hace muchos años llamado Erasmo. A cualquier hora del día que le llamara por teléfono Erasmo pasaba a recogerlo, llevarlo, esperarlo y regresarlo. Era evidente que sentía gran admiración por el viejo, le abría la puerta para que subiera o bajara del taxi y lo trataba con sumo respeto, como si se tratara de un jefe de Estado. A Erasmo le gustaba escuchar los relatos de don Alberto y le hacía toda clase de preguntas, “ese señor es un tesoro” me dijo en una ocasión que estábamos esperando al viejo, “apréndele todo lo que puedas”. En el centro histórico le gustaba visitar la Catedral Metropolitana y contarme todo tipo de datos, por ejemplo sobre la ubicación de la catedral original, como en aquella usaron algunas piedras de pirámides que más tarde volvieron a usar en ésta, me platicaba sobre los diferentes arquitectos que a través de los siglos fueron construyendo y completando el edificio, sobre los restos de caudillos que se guardaron ahí, sobre el arte sacro y los retablos que la adornaban. Y así de todo ofrecía datos, fechas e historias; sobre las acequias que llegaban al viejo barrio de La Merced por donde llegaban a la ciudad colonial las mercancías, los cambios que tuvo el zócalo desde que estaba el parián, hasta que fue un parque y terminó siendo una plancha de cemento, el trazado de la Alameda Central, la construcción de los muchos palacios de la zona que algunos terminaron en museos y muchos otros en vecindades, la vieja calle de Plateros que Francisco Villa le cambió el nombre a Madero, la historia de La Ciudadela y los cañonazos en plena ciudad durante la Decena Trágica. En fin, de cada esquina, de cada edificio, del mismo lenguaje de las fachadas de piedra de edificios coloniales o afrancesados de colonias más nuevas como la colonia Juárez, podía don Alberto extraer una gran cantidad de datos e información. Y así fui con él a visitar también Tlatelolco y Coyoacán y Tlalpan y San Ángel donde pasamos largo rato en el parque de La Bombilla mientras don Alberto me platicaba una enorme cantidad de datos chuscos sobre Álvaro Obregón. No menos impresionante era el conocimiento que el viejo tenía sobre las calles y su ubicación en la ciudad, además desde luego de saber las biografías de todos los personajes que daban nombre a las calles, te podía decir si las calles iban de norte a sur o de oriente a poniente, con qué calles cruzaban, qué colonias atravesaban, qué cambios de nombres habían tenido y con gran deleite daba instrucciones cuando en la calle alguien se le acercaba a preguntarle cómo llegar a algún lado. Así fue como en una ocasión descubrí que además de todo el viejo era políglota, cuando unas turistas con español muy rudimentario le preguntaron cómo llegar al museo de Antropología y don Alberto tras escuchar su acento procedió a darles instrucciones detalladas y recomendaciones en francés fluido. Resultó que además del alemán, su lengua natal, del notable dominio del español que tenía y del fluido francés que le había escuchado también dominaba el inglés y el italiano. “Todas las lenguas romances son muy similares Jorgito, ya que le agarras el modo a una es fácil seguirse con las demás” me dijo el descarado como si hablar cinco idiomas fuera cosa de niños. En una ocasión se me salió decir una grosería enfrente de él y me dijo “el uso de majaderías es signo inequívoco de un léxico limitado, existen en el idioma infinidad de maneras para hacer pedazos a cualquiera sin manchar la honra propia. Recuerda que la lengua es la espada más filosa”.

Recuerdo mucho el primer año cuando me invitó a su fiesta de cumpleaños, “El siguiente martes doña Teresita nos invitó a partir un pastel en su departamento y tomarnos un cafecito, ojalá nos puedas acompañar Jorgito”. ¿Qué se le regala a un hombre así?. Después de un par de días pensándolo con angustia se me ocurrió que el único regalo posible era un libro, le buscaría algún libro que fuera una buena adición a su colección. Yo no sabía mucho de historia ni de literatura pero supuse que preguntando algo me podrían recomendar así que ese domingo me fui temprano a La Lagunilla para iniciar mi búsqueda. Encontré muchos libros y recibí mucha ayuda de los dueños de los puestos pero ninguno me convencía, ningún regalo parecía ser lo suficientemente digno para alguien como don Alberto y además quería que el regalo fuera algo especial, algo que le hiciera ver la admiración que sentía por él y el cariño que le tenía. Encontré una copia bastante buena de “Ocho mil kilómetros en campaña” pero era una segunda edición, no la primera, por lo que dudé si sería suficientemente buena para la colección del viejo. Entre los puestos encontré uno que vendía viejos volantes y periódicos, por curiosidad me puse a ojearlos. Después de rato encontré algo que me pareció que podría ser un buen regalo, una primera plana de El Excélsior que era de 1933, el año en que nació el viejo. No era del día de su nacimiento, eso hubiera estado increíble, pero al menos era del mismo año, además no estaba convencido por ninguno de los libros que había visto. Me costo cara pero creí que valía la pena, el mismo lunes a primera hora fui a una tienda de marcos y le supliqué a la señora que me alcanzara a tener enmarcada la primera plana del periódico para el día siguiente, después de mucho rogar accedió. Ya que tuve la primera plana enmarcada –con un marco sobrio de madera oscura que me pareció se vería bien en el departamento de don Alberto– se me ocurrió envolverla con las planas de un periódico El Excélsior de ese día. Nunca me había sentido tan fuera de lugar en una reunión, yo era desde luego el único veinteañero, el más joven que seguía era Erasmo –que tendría alrededor de 45 años–, a quien don Alberto había invitado y después sí seguía puro viejito, eran algunos vecinos del edificio, uno que otro conocido del viejo y por supuesto nuestra anfitriona doña Teresita. Sólo ella, Erasmo y yo le llevamos regalos al viejo, éramos quizá los más cercanos a él. El regalo de la anfitriona fue un bonito reloj de caoba para poner en una repisa, don Alberto se tomó el tiempo de examinarlo y elogiar el buen gusto de doña Teresita. Erasmo le regaló una revista de arqueología “Mira, con lo que me gusta todo lo de Monte Albán, que detalle mi Erasmo, gracias”. Me di cuenta de que el viejo había hecho mucho énfasis en hacer sentir a doña Teresita y a Erasmo satisfechos con su reacción, pero intuí –esperé– que quizá esos regalos no habían sido tan de su total agrado. Estaba nervioso por entregarle el mío, “A ver si le gusta más la envoltura o el regalo” le dije bromeando y soltando una pista del contenido. Don Alberto desenvolvió el marco e inspeccionó la primera plana del periódico con detenimiento, imaginé que a lo mejor no le iba a parecer evidente lo del año así que estaba listo para darle mi explicación cuando lo viera dudar, pero el viejo se quedó muy callado de pie, inspeccionando con gran atención el regalo. Debajo del nombre del periódico venía la fecha, “México D.F. – Miércoles 25 de Octubre de 1933”. El primer titular decía, “Queda establecida la libertad de cátedra como principio de la Universidad Nacional”, más abajo había otro titular que decía “Considérase inflacionista el plan financiero de Roosevelt”. Estaba a punto de hablar para tratar de explicarle cuál había sido mi idea de regalarle eso, excusarme por no haber encontrado el día correcto o un regalo mejor, cuando don Alberto se volteó hacia mí con los ojos azules vidriosos detrás de los enormes lentes y sin decir palabra me abrazó. Un abrazo largo y sentido, sin hablar me mostraba que entendía perfectamente mi regalo y que demostraba –como había sido mi intención– el afecto que le tenía y lo mucho que apreciaba nuestra amistad. “Que ruin eres Jorgito, mira que hacer chillar a un hombre de mi edad”.

 

III

A finales de mi segundo año viviendo en el edificio cada vez tenía menos ocasiones de pasar las tardes con don Alberto o de acompañarlo en sus caminatas matutinas, el trabajo me tenía algo ocupado. No temía que el viejo fuera a ninguna parte, se seguía viendo activo y lúcido; ya tendríamos ocasión de ponernos al corriente. La vida da vueltas de forma rápida, un jueves por la mañana –recuerdo bien el día– me di cuenta de que tenía tres días sin ver al viejo, a pesar de que no habíamos podido pasar mucho tiempo juntos solíamos encontrarnos en el pasillo y –sospechosamente– en la entrada del edificio cuando yo regresaba de algún lado, como si me estuviera esperando para ver si nos echábamos el cafecito; pero yo llegaba cansado o de entrada por salida para irme a algún otro lado y lo dejábamos para después. El caso es que esa mañana al salir de mi departamento me di cuenta de que en tres días no lo había visto e inmediatamente me dio un vuelco el corazón, fui a su puerta y toqué esperando –rogando– que me abriera, pero nada, no contestó. Después de un rato de tocar y no recibir respuesta me alarmé, era muy temprano para su caminata, ¿habría ido tan temprano a algún otro lado?. Desesperado le llamé a Erasmo, quien me dijo que no tenía noticias de don Alberto y me informó que desde hacía unos cinco días no había recibido llamadas suyas para que lo llevara a algún lado. Fui a tocarle a doña Teresita con la esperanza de que ella tuviera llave del departamento del viejo. No estaba, su vecina me contó que se había ido a provincia por unos días a visitar a una hermana. Nervioso y sin muchas opciones llamé a Locatel para que me dijeran que podía hacer. A la media hora llegó una patrulla. En la entrada del edificio le expliqué a los policías las situación, les dije que estaba preocupado por don Alberto, que tenía más de setenta años y era posible que estuviera mal, quizá sería conveniente llamar a una ambulancia e ir abriendo la puerta para entrar a revisar. “Nosotros no podemos abrir la puerta así nomás, tampoco podemos solicitar ambulancia si no hay heridos. Si quiere esperarse ahí viene el jefe Omega y el nos dirá que hacer”. Después de otros treinta minutos angustiosos por fin llegó el dichoso Jefe Omega, que era el jefe del sector y me dijo “Mire joven, si quiere le digo a los muchachos que tumben la puerta pero usted se hace responsable de pagar los daños, ¿cómo ve?”. Tras algunas patadas por fin cedió el marco de la puerta y esperé en el pasillo expectante mientras los policías entraban a revisar. A estas alturas estaba tratando de ser realista y me iba preparando para lo peor, seguro encontrarían el cuerpo del viejo, tirado entre sus libros. Muchas cosas pasaron por mi mente, yo sabía que don Alberto no tenía parientes con vida, ni lejanos, al menos eso me había dicho él mismo; ¿cómo lo íbamos a enterrar?, ¿dónde?, ¿quería ser sepultado o cremado?, nunca habíamos hablado sobre el tema así que era imposible saber si tenía inclinación por una u otra cosa. De hecho ahora que lo pensaba ni siquiera sabía si su difunta esposa estaba enterrada en algún lugar, tal vez el viejo hubiera querido ser enterrado a su lado. Por fin salieron los policías, don Alberto no estaba en el departamento, no había rastros de que le hubiera pasado algo malo. Quise reportar al viejo como extraviado pero una serie cada vez más ridícula de trabas burocráticas lo impedían, por ejemplo, como yo no podía dar una hora en la que se perdió no podían darlo por perdido ya que necesitaban que pasaran ciertas horas, aunque yo lo había visto hace más de tres días no podía asegurar a ciencia cierta que era el último que lo había visto y por lo tanto necesitaban que yo encontrara a la última persona que lo había visto –como si la investigación fuera trabajo de los denunciantes–. Tras dos días de visitas al ministerio público se unió a mi causa doña Teresita, quien ya había regresado de su viaje y por fin ella logró, no sé como pero creo que a regañadientes, que levantaran el reporte de que estaba desaparecido el viejo.

Pasaron los días sin noticias y después las semanas, era claro que nadie de las autoridades tenía la intención de buscar a don Alberto ni de saber que había sido de él. Por mi parte empecé a investigar porque por fortuna conocía la rutina del viejo. Pregunté por todos lados, a los policías a la entrada del castillo, al señor del puesto de revistas, a la mesera del café de Cozumel, a un muchacho que a veces le boleaba al viejo los zapatos en la esquina de Durango y Salamanca. Gracias a mis indagaciones logré descubrir que el lunes si lo habían visto varias personas durante el día y aparentemente la última vez que alguien lo vio fue entrando al Castillo de Chapultepec el martes por la mañana, los policías y otros empleados del museo que lo conocían recordaron verlo ese día, sin embargo nadie recordaba haberlo visto salir. El martes en la tarde nadie lo vio, ni todo el miércoles y el jueves es cuando descubrí que había desaparecido. De todos modos mi investigación no dio muchos frutos, no estaba más cerca de saber dónde estaba don Alberto o qué le había pasado; desde luego ofrecí los detalles a quienes supuestamente estaban encargados de su caso de desaparición pero la verdad no me tomaron en serio, no les importaba.

El tiempo seguía pasando y doña Teresita organizó una reunión con los inquilinos, algo habría que hacer para organizarnos y ante la situación acordamos las siguientes acciones. Cooperaríamos entre todos por partes iguales para pagar los servicios generales del edificio y otros gastos de mantenimiento mientras regresaba don Alberto. Cada quién se haría responsable de guardar el dinero de sus rentas para pagarlas cuando regresara el viejo. Mandaríamos entre todos a arreglar la puerta que habían forzado los policías y dejaríamos intacto el departamento esperando que eventualmente regresara don Alberto. Doña Teresita quedaría designada como la administradora encargada de juntar el dinero de todos, pagar los servicios y demás; ella ya le ayudaba con algunas cosas al viejo así que era ideal para quedarse encargada de esas labores. De forma tácita la idea de todos era que seguramente don Alberto no regresaría y al quedar el edificio sin dueño habría riesgo de quedarnos sin departamento por lo que sería mejor dejar todo como estaba y ver cuanto podíamos durar viviendo en el edificio, esperando que no saliera de pronto algún familiar o pariente lejano que reclamara la propiedad del inmueble.

Viví en el edificio otros cinco años, los últimos dos no por ganas sino más por compromiso con los otros inquilinos, porque la salida de alguien representaba un problema y meter a otra persona no era posible. Durante ese tiempo formamos una comunidad estrecha, de alguna manera había llegado el punto en que nos habíamos empezado a sentir los dueños del edificio. Eventualmente sí se salieron algunos inquilinos, lo que representó que los gastos se debían dividir entre menos personas pero como en realidad no pagábamos renta no nos habíamos visto en aprietos. Yo ayudaba a doña Teresita en lo que podía e incluso lleve una relación más que cordial con algunos otros inquilinos ya de edad avanzada para quienes tener cerca un muchacho representaba beneficios insospechados. A finales del 2011 llegó una oportunidad que fue el pretexto perfecto para salirme del edificio, tenía la posibilidad de irme a vivir a Nueva York donde había conseguido una oferta de trabajo en una importante revista. Partimos un pastel en el departamento de doña Teresita, tomamos cafecito, invité a Erasmo con quien aún tenía contacto. Los viejos no querían ver irse al vecino más joven, “el nieto” me decían de juego. Me fui.

Después de estar viviendo fuera casi siete años regresé a la Ciudad de México. Regresé feliz, con una buena oportunidad de trabajo y con la añoranza de regresar a mi ciudad. Entre las primeras cosas que quise hacer a mi regreso, por curiosidad, pensé en visitar el viejo edificio y tal vez pasar a saludar a doña Teresita. Me fui en bicicleta desde el departamento que había rentado en La Condesa, al llegar descubrí que el edificio estaba abandonado, se veía descuidado, algunos vidrios estaban rotos y las paredes habían sido rayadas con graffiti. Me percaté de que en uno de los muros colindantes se hacían evidentes los daños que seguramente sufrió el edificio en el sismo del 2017. Imaginé que tras los daños los inquilinos fueron desalojados. Crucé la calle para ver el edificio de frente y me quedé un rato inspeccionando la fachada y viendo los balcones, en particular el mío y el de don Alberto. Recordando como se pasaban las tardes con él, sus pláticas, sus chistes, la elocuencia en todo lo que decía y la paciencia con la que me enseñó tantas cosas. También recordé que tras la desaparición del viejo arreglamos la puerta y habíamos pactado dejar su departamento intacto, con la esperanza de que algún día regresara. Estoy seguro de que ese departamento quedó efectivamente intacto, congelado en el tiempo, en un tiempo muy lejano de hojas de papel amarillas por el paso de los años. Estoy seguro de que tras esa ventana del piso seis permanecen abandonados los libros y las figurillas, y las máscaras, y las fotos, y los mapas, y el reloj que le regaló doña Teresita al viejo y que fue colocado en una repisa, y la revista que le regaló Erasmo y que terminó colocada en una mesa esquinera bajo una pila de libros, y la primera plana del Excélsior que le regalé enmarcada y que orgullosamente colgó en el único espacio de pared de la sala que no estaba cubierto por repisas o montañas de libros. Ahí siguen todas esas cosas cubiertas de una densa capa de polvo, testigos mudos de los atardeceres del Castillo de Chapultepec.

Nunca sabré que fue del viejo, pero puedo imaginarlo ese último día que visitó el castillo, puedo imaginarlo plantado frente a su retrato, el retrato de una vida pasada, congelada en la eternidad. Puedo verlo de pie en ese pasillo del castillo, concentrado, tratando de meterse al retrato, tratando quizá de regresar a un pasado en el que doña Anna se llamaba Carlota y él Maximiliano, y vivían juntos en su Castillo de Miravalle. Me pregunto si alguien se habría dado cuenta ese día de un viejo admirando un retrato que de repente desapareció.